sábado, 9 de julio de 2011

Amanecer, ¿dónde te habías metido?


La oscuridad hace unos minutos amenazaba con ser más fuerte, con seguir calando en el tronco de los árboles más viejos del bosque, en la maleza donde se guarecen alimañas, en los rincones repletos de miedo. Los dientes chirriaban de apretados por el frío y el desamparo era cada vez más dueño de la noche.


De pronto hay un punto de inflexión en el cielo, un atisbo de claridad en la distancia y los nidos en las ramas cobran vida. De las copas frondosas salen despavoridas las primeras sombras y los fantasmas se atrincheran en las cuevas. Se van sumando cantos y aleteos de pájaros y las nubes comienzan a aparecer donde antes reinaba la insondable negrura. Los rayitos parecen duendes alegres que persiguen y fulminan el misterio de las sombras y poco a poco van apareciendo los colores de las hojas, la transparencia de las gotas de rocío, el fondo azul del cielo donde se apagan las estrellas.


Lo que antes eran monstruos que amenazaban con envolverlo todo en las tinieblas, se vuelven por la gracia de la luz árboles indefensos. En los rincones ya no espera lo desconocido, en las cuevas no hay ni rastro de temor y los senderos son cada vez menos frondosos. Por un momento reina la esperanza, sube al trono del tiempo y desafía con su determinación al miedo y las dudas. Es joven la mañana y la claridad tiene a su favor un día entero para sembrar la confianza y aprender a cobijar en lo más hondo del Ser los secretos para ganar nuevas batallas.


Marga Parra

miércoles, 22 de junio de 2011

Anochece para despertar



Tal vez no sea más que palabras que habitan en lo más profundo de la noche.

Palabras que recorren las avenidas silenciosas o cruzan las calles vacías de las ciudades-dormitorio.

Palabras que atraviesan las fábricas desiertas y las cabezas sin inquietudes.

Palabras que pasan de largo por los cenáculos donde la violencia y el dinero conspiran contra la felicidad de los hombres.

Palabras inaudibles en el silencio del alcohol de los bares o en el estruendo de las discotecas.

Palabras que cruzan la quietud de los pisos donde duerme el cansancio del día.

Palabras que frecuentan el insomnio de los hospitales y que no se detienen ante los barrotes de las cárceles.

Palabras que pasan junto a las vallas publicitarias iluminadas que ofrecen a las estrellas los sueños de un mundo que no sueña.

Pero soy también palabras que surgen del silencio, íntimas y humanas, para transmitir un mensaje de paz, de amor y de amistad. Un mensaje de esperanza para un mundo que parece haber perdido el sentido de su marcha.

miércoles, 1 de junio de 2011

Quizás deba vivir



Quizás deba crecer.



Quizás deba dejar de soñar con él.



Quizás deba dejar de buscar, en cada uno, al único.



Quizás deba resignar la bohemia y vivir como una dama decente.



Quizás.



Pero no.



El amor, cuando vive dentro del corazón, es irresistible. Y no hay cosa más importante que ese amor, que esa búsqueda. Me dirán que jamás le encontraré. Tal vez sea así. Pero tal vez no. Y por esa mínima posibilidad de encontrarle, entregaré mi reino. ¿Le conoceré ya? No lo sé. Pero no importa. Seguiré tomando café, seguiré cantando por lo bajo tangos sentimentales. Y esperaré a encontrarme en la esquina al hombre que me salve la vida. Tal vez él también lleva toda su vida esperándome.

lunes, 21 de febrero de 2011

Puestos a definir... sintamos.


Sentir: Esas seis letras que parecen multiplicar por mil las sensaciones. Esos cosquilleos inevitables. Esas miradas que buscan perderse en la nada para ocultar lo evidente. Y esas sonrisas que, lejos de ser forzadas, no son más que la voz del alma que sin hablar lo dice todo. 

Miedo: Esa barrera tan ligada al deseo que impide que las miradas tengan más intensidad de la que deberían. Esa necesidad por ocultar una sensación que desearías compartir con cualquier persona. Esas ganas de gritarle al mundo que te sientes distinta. Pero a veces, callar es más sencillo y, en ocasiones, más ético.

Pensar: Es lo que me frena a menudo de sentir lo que no debería. Es la parte que me aporta la integridad que necesito para no desear lo que no tengo. Para apartar ciertas hipótesis de mi mente.

Amar: Paradójicamente, todo se reduce a éso. Cuatro letras con un solo significado y mil sentimientos distintos. Pero amar no es fácil. Cuesta, duele y, frecuentemente, no entiende de razones. Pero llena. Y mucho.

Escapar: En ocasiones me gustaría irme lejos. Perderme en cualquier espacio a cientos de millas de aquí. Para disiparme entre la esencia, la inmensidad y frialdad de las calles. Para encontrarme a mí misma. No me importa el lugar. Me perdería en cualquier rincón del mundo.

Tal vez sólo entonces podría encontrar donde está el nexo entre el sentimiento y la razón. Y tal vez entendería que, sin sentir, difícilmente pensaría en el miedo que siento al amar a alguien. Sí. Porque a veces sólo cuando escapas te das cuenta del miedo que sientes. De que huyes, muchas veces, porque quieres sentir distinto. Porque temes que lo que haya en la vuelta de la esquina no te acabe de convencer. Y, por supuesto es más fácil pensar en huir que afrontar que los sentimientos van cambiando...

viernes, 18 de febrero de 2011

Supongamos...


Supongamos que hace mucho zarpé de un puerto seguro, que construí con mis manos y algunos maderos la barca donde hoy navego, porque no quería seguir el resto de mi vida en aquella isla de rejas sutiles que nos fueron fabricando en la mente con pedacitos de plastilina. Supongamos que cuando me hice a la mar solamente huía de la orilla donde algo me humillaba, donde la afrenta era tan agria que era preferible naufragar en el intento. En aquel entonces solamente miraba hacia atrás donde poco a poco se perdían los contornos de mi playa amada. Las primeras noches a bordo, sin velas ni brújula, cuando poco a poco se me fueron agotando las reservas de agua, en el terrible silencio de multitudes ajenas, con la mordedura rabiosa de todas mis carencias. Para ser totalmente sincera, tengo que confesar que por momentos tuve intenciones de volverme. Pero el recuerdo del aire enrarecido, sin una sola molécula de esperanza, me dio fuerzas para esperar la próxima alborada. Me fui haciendo en la tormenta y aprendí que las ratas y el miedo son diferentes. Las primeras huyen cuando presienten que se hunde el barco, los otros se van evaporando cuando logra mantenerse a flote. Cuando dejé de suspirar por la orilla que había dejado, pude disfrutar de las noches estrelladas y la paz en la inmensidad del océano. Cuando se fueron apagando las voces de amigos y enemigos y no tuve más consejos ni opiniones, ni compromisos, ni apariencias, me encontré cara a cara conmigo misma: hablé con mi ego, pude mirar a los ojos de una adolescente perdida en mis recuerdos, me divertí redescubriendo a una niña alegre que se había quedado jugando al escondite, charlé con una persona de decisiones firmes que siempre estuvo apostando cuidando los principios. Y el salitre del mar me fue curando las heridas y el ruido de las olas al chapotear con la proa me enseñaron otra música de la vida. Tuve tiempo de leer libros y vi como navegaban otros. Aprendí de rutas y cartas marinas y fui sacando de las profundidades, las ostras milagrosas de la confianza. Una mañana empuñé con fuerza el timón de mi barca y puse rumbo hacia el más luminoso de todos los faros. Eché por la borda las dudas sobrevivientes y guardé en lo más profundo de mi corazón el recuerdo de mis playas. Ahora, cuando el viento es favorable, despliego el velamen y mi proa surca el agua. Cuando cambia la brisa, ajusto las velas y nunca pierdo de vista el faro. Si descubro que por momentos el aire es justamente contrario, no me desanimo, arrío el mástil y espero a que cambie de nuevo, hago como el junco que se dobla para no quebrarse con las rachas fuertes y amanezco aferrada a mis sueños. Cada minuto estoy más cerca y resuenan a los compases de mi fe, las dulces campanas del Universo.


Marga Parra