
La oscuridad hace unos minutos amenazaba con ser más fuerte, con seguir calando en el tronco de los árboles más viejos del bosque, en la maleza donde se guarecen alimañas, en los rincones repletos de miedo. Los dientes chirriaban de apretados por el frío y el desamparo era cada vez más dueño de la noche.
De pronto hay un punto de inflexión en el cielo, un atisbo de claridad en la distancia y los nidos en las ramas cobran vida. De las copas frondosas salen despavoridas las primeras sombras y los fantasmas se atrincheran en las cuevas. Se van sumando cantos y aleteos de pájaros y las nubes comienzan a aparecer donde antes reinaba la insondable negrura. Los rayitos parecen duendes alegres que persiguen y fulminan el misterio de las sombras y poco a poco van apareciendo los colores de las hojas, la transparencia de las gotas de rocío, el fondo azul del cielo donde se apagan las estrellas.
Lo que antes eran monstruos que amenazaban con envolverlo todo en las tinieblas, se vuelven por la gracia de la luz árboles indefensos. En los rincones ya no espera lo desconocido, en las cuevas no hay ni rastro de temor y los senderos son cada vez menos frondosos. Por un momento reina la esperanza, sube al trono del tiempo y desafía con su determinación al miedo y las dudas. Es joven la mañana y la claridad tiene a su favor un día entero para sembrar la confianza y aprender a cobijar en lo más hondo del Ser los secretos para ganar nuevas batallas.
Marga Parra
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