
Supongamos que hace mucho zarpé de un puerto seguro, que construí con mis manos y algunos maderos la barca donde hoy navego, porque no quería seguir el resto de mi vida en aquella isla de rejas sutiles que nos fueron fabricando en la mente con pedacitos de plastilina. Supongamos que cuando me hice a la mar solamente huía de la orilla donde algo me humillaba, donde la afrenta era tan agria que era preferible naufragar en el intento. En aquel entonces solamente miraba hacia atrás donde poco a poco se perdían los contornos de mi playa amada. Las primeras noches a bordo, sin velas ni brújula, cuando poco a poco se me fueron agotando las reservas de agua, en el terrible silencio de multitudes ajenas, con la mordedura rabiosa de todas mis carencias. Para ser totalmente sincera, tengo que confesar que por momentos tuve intenciones de volverme. Pero el recuerdo del aire enrarecido, sin una sola molécula de esperanza, me dio fuerzas para esperar la próxima alborada. Me fui haciendo en la tormenta y aprendí que las ratas y el miedo son diferentes. Las primeras huyen cuando presienten que se hunde el barco, los otros se van evaporando cuando logra mantenerse a flote. Cuando dejé de suspirar por la orilla que había dejado, pude disfrutar de las noches estrelladas y la paz en la inmensidad del océano. Cuando se fueron apagando las voces de amigos y enemigos y no tuve más consejos ni opiniones, ni compromisos, ni apariencias, me encontré cara a cara conmigo misma: hablé con mi ego, pude mirar a los ojos de una adolescente perdida en mis recuerdos, me divertí redescubriendo a una niña alegre que se había quedado jugando al escondite, charlé con una persona de decisiones firmes que siempre estuvo apostando cuidando los principios. Y el salitre del mar me fue curando las heridas y el ruido de las olas al chapotear con la proa me enseñaron otra música de la vida. Tuve tiempo de leer libros y vi como navegaban otros. Aprendí de rutas y cartas marinas y fui sacando de las profundidades, las ostras milagrosas de la confianza. Una mañana empuñé con fuerza el timón de mi barca y puse rumbo hacia el más luminoso de todos los faros. Eché por la borda las dudas sobrevivientes y guardé en lo más profundo de mi corazón el recuerdo de mis playas. Ahora, cuando el viento es favorable, despliego el velamen y mi proa surca el agua. Cuando cambia la brisa, ajusto las velas y nunca pierdo de vista el faro. Si descubro que por momentos el aire es justamente contrario, no me desanimo, arrío el mástil y espero a que cambie de nuevo, hago como el junco que se dobla para no quebrarse con las rachas fuertes y amanezco aferrada a mis sueños. Cada minuto estoy más cerca y resuenan a los compases de mi fe, las dulces campanas del Universo.
Marga Parra
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